Hay quien opina que las cenas de Navidad son peor que la muerte. Porque al menos, la muerte, no te pasa cada año. El caso es que recientemente un amigo mío, El Tiempo, ha tenido la cena de su empresa. A El Tiempo lo llamamos así porque da igual lo que ocurra a su alrededor, él pasa. El Tiempo los únicos principios que tiene son de cirrosis. Cada vez que sale, se pilla tarifa plana de cubatas. Y para aguantar, le pasa como a la batería de mi móvil, que sale de casa con cuatro rayitas y cuando vuelve no le queda ninguna. Vamos, que el tío no es mucho de leer, pero a la que puede, se dedica unas líneas. ![]() Al jefe de El Tiempo no lo traga nadie, pero se empeñó en organizar la cena. El tío es muy estricto en su trabajo. Si fuera bombero, sería capaz de apagar una capilla ardiente. Y aunque buscó voluntarios para organizar la cena, para contarlos le sobró una mano y seis dedos. Pero como cada año, tuvieron que ir. ![]() Cómo no, la noche anterior a la cena El Tiempo había salido, como siempre, hasta que se hizo de día, porque se ve que la oscuridad le acojona. El tío es un hombre de Almax tomar, así que aunque estaba destrozado en la oficina, tampoco se notaba. Pero en la cena, apenas habían empezado con el primer plato y era tal coñazo, que El Tiempo estaba con más sueño que una cesta de gatitos al lado de una estufa. Pero se le vino a la cabeza una posible solución, y es que, como le dijo Pocholo a Massiel, en esta vida, todo es ponerse. Así que decidió pasar por el baño a empolvarse la nariz. ![]() A El Tiempo normalmente es imposible adelantarlo, porque es de los de raya continua, pero cuando llegó al baño, descubrió que no era el único al que se le había ocurrido la misma idea. Joder, entre todos los que estaban al tema, había más rayas allí que en un documental de cebras. Se formó en el baño un auténtico tiroteo, y entonces entró el jefe. La situación se puso más tensa que el sujetador de Pamela Anderson, y todos se callaron. Menos El Tiempo, que tras lavarse las manos bien podría haber usado la toalla para secarse otra cosa en vez de las manos, porque todo se la suda. Sin más, le dijo que las rayas que quedaban eran para él. ![]() El jefe, que es de los que a base de ganar dinero cada vez tiene más amistades y menos amigos, vio la oportunidad de hacerse el enrollado, y se las metió. Y claro, como en estas cosas de la coca estaba más perdido que Rouco Varela en el Espárrago Rock, se puso como loco. La cena pasó de ser lo más parecido a la reunión del Comité de Accionistas de Ortopedias Reunidas, a convertirse en algo así como la fiesta de despedida de soltero de David Hasselhoff. El jefe se puso a beber como si hubieran anunciado el fin del mundo y fue demostrando poco a poco que el plural de "cubata" es "cogorza". ![]() Con los efectos de la coca, le pasó como al de El Sexto Sentido, que no se dio cuenta de que ya estaba muerto. Los demás se enteraron cuando se puso a hablar del milenarismo y cuando el camarero le preguntó que si quería tomar un taxi y él contestó que prefería no mezclar y seguir a whiskys... Con el moco, el tío se puso más caliente que las calderas de Mordor. Así que, balbuceando, propuso que se fueran todos a un puti muy barato que había cerca, donde por 20 euros te dan la entrada con consumación. Pero al levantarse, se cayó y se pegó tal hostia, que es posible que dentro de unos años Amenábar haga una película sobre él. ![]() Al día siguiente El Tiempo nos comentó que no se había reído tanto desde que a su hermano pequeño se lo comieron los cerdos. Una noche que nunca se le olvidará mientras se acuerde. Pero el jefe debe de opinar que todo tiempo pasado fue anterior, porque no ha comentado nada con nadie sobre el asunto, y se pone de los nervios cada vez que escucha que Wikileaks hace una nueva filtración. Aunque eso sí, al jefe ya nadie se lo toma en serio. Y es que esto de tener poder es como lo de ser una señora: si tienes que recordárselo a la gente, mal vamos... | ||











Pues se emperró con que quería ir a Ámsterdam a ponerse de todo. Nadie quería ir con él porque es muy agresivo y está muy desmejorado. Es por esto por lo que se rumorea desde hace 20 años que aún conserva el cuerpo de un jovencito... pero nadie sabe donde lo esconde. Pero es tan cabezón, que si su cabeza fuera un huevo Kinder, de premio traería la furgoneta de El Equipo A. Así que se fue él solo.
Aunque para El Matemático el estar en paro es como la gravedad, una costumbre a la que le cuesta mucho renunciar, a las dos horas allí ya estaba colocado. Se había fumado todo tipo de plantas y flores en Coffee Shops y demás tiendas del ramo, y se interesó por la micología: lo que viene siendo tomarse unas setas y hacer el mono. Después se fue a una discoteca, y aun estando que lo flipaba en colores, tuvo la precaución de esperar hasta que la planta carnívora con traje de faralaes se comiera al dragón azul que había en la puerta de la disco, antes de entrar en ella. Se puso a beber whisky hasta estar 4 copas por encima de par y empezó a bailar como un tonto... lo que se dice un baile de graduación... de 40 grados, para ser exactos. Se le veía bastante torpe: por la manera de tirar las copas se diría que era ambisiniestro...
Hasta aquí, todo bastante correcto. El problema vino cuando le apeteció tener más que palabras con alguna mujer de afecto negociable. Nunca se sabrá si fue el efecto alucinógeno de las setas, o simplemente unas inmensas ganas de follar, lo que hizo que se fijara en aquella mujer de un escaparate de la zona malota del barrio rojo. Si bien seguía siendo puta, hacía años que había dejado de ser señorita... No es que fuera fea, es que era la alcaldesa de Mordor. Lo que la pintura no era capaz de disimular, lo tapaba la escayola. Y es que, si la señora cada vez que echaba mano del pintalabios y el colorete, también lo hacía de la brocha gorda, el cincel y los planos de la obra, no se podía decir de ella simplemente que fuera fea: era en realidad la prueba de que dios también tiene sentido del humor.
Menos mal que aquella buena mujer echó la cortina del escaparate cuando El Matemático se metió en su habitación: presenciar lo que ocurrió allí dentro hubiera sido capaz de hacer que el hombre más feliz del mundo se cortara las venas durante una hermosa y soleada mañana de primavera. Y ya se sabe que acostándote con una de estas señoritas te pueden pegar de todo, pero incomprensiblemente a El Matemático le pegaron sentimientos: se enamoró. Y visto que ella no estaba muy por la labor y ya que ella le había robado a él el corazón, El Matemático decidió robarle a ella la caja del día...
"¡¿Qué haces, borracho de mierda?!", le dijo un tipo que tenía pinta de no tener un carácter del todo agradable. El tío era tan primario que seguramente hacía tiempo que había sido descalificado de la carrera evolutiva, a juzgar por sus cicatrices y su ojo de cristal. "¡No te atreverías a llamarme borracho si estuviera sobrio!", le espetó El Matemático con aire amenazador. El aire aún olía a sexo, pero también a una esperanza de vida bastante limitada. Y es que el gorila aquel se dedicaba a estudiar la lamentable brevedad de la vida humana y los medios de provocarla...
Aunque El Matemático tenía las mismas posibilidades de supervivencia que una medusa en unos altos hornos, se abalanzó sobre el gorila. Decir que hubo un intercambio de golpes sería una manera muy hipócrita de definir aquello: El Matemático se llevó tantos palos que hubiera podido reconstruir con ellos la Armada Invencible. Y acabó, no precisamente por su propio pie, sino por el del gorila aplicado repetidamente en todas y cada una de sus costillas, cayendo rodando al canal.
A todas las drogas que se había tomado hubo que sumarle otra: el tiempo. Y es que el tiempo es una droga, que como todas, en cantidades excesivas, mata. Sobre todo si es flotando boca abajo en el agua. Hay que decir que aquel canal de Ámsterdam, que tiene más mierda que el baño de los tres cerditos, es una de las pocas vías fluviales donde, de haber muerto El Matemático, la policía hubiera podido marcar con tiza la silueta de su cadáver sobre el agua. Pero por suerte o por desgracia, no hizo falta. Eso sí, desde entonces a El Matemático se le ha quedado una cara que parece uno de esos pasatiempos en los que tienes que ir uniendo los puntos, y muy pocas ganas de robar. Porque robar no sólo es malo, sino que además frena el crecimiento: para empezar, en muchos sitios puede hacer que te corten los pies o la cabeza.


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